El ángel tatuador

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Aún no le he dicho a nadie que un ángel me visitó noches atrás.

Era la chica más hermosa que jamás había visto. Al principio le tuve miedo, creí que venía a castigarme por haber pasado de nuevo la noche por una desconocida, pero ella me tranquilizó con su celestial voz y me hizo una petición:

-Por favor Mauricio, enséñame a tatuar.

Ante la visión de aquel sublime ser, ante sus palabras que sonaban como una lluvia de cristales, fue imposible oponer resistencia. Le dije que sí y la dejé pasar. Entró por la ventana y, sin voltear a ver a la desconocida en mi cama, se dirigió a mi estudio. Estaba envuelta en un halo de luz y, aunque no tenía alas, apenas tocaba el piso al caminar.

Me asomé hacia la calle para ver si alguien la había visto entrar a mi departamento. La calle estaba vacía y oscura. Ni un alma, ni un auto. En cuanto a la desconocida, parecía que no la despertaría ni un tren.

Al principio me embriagó su presencia. No me atrevía a hablarle. Me sentía ante un milagro y, mientras le enseñaba mi rudo arte, la admiraba.

Tristemente, el milagro se desvaneció. Al tercer día ya no me sentía tocado por Dios y su presencia me parecía tan cotidiana que la cuarta noche volvió a encontrarme despertando al lado de una desconocida. Fue hasta entonces que le hablé.

-¿Por qué quieres aprender a tatuar?

Sin mirarme, concentrada en lo que hacía, respondió:

-Soy un ángel guardián, y aquel a quien cuido ha sido un pecador incorregible, pero ni Dios ni el demonio han querido castigarlo. Estoy cansada de que su alma corrompida hiera a los demás. Así que quiero tatuar sus pecados en su piel para que ya no pueda escapar de ellos. Si fuerzas mayores no harán justicia, ¡yo lo haré por mi cuenta!

La ira ensuciaba sus palabras, y en sus ojos había tristeza. Una lágrima plateada rodó por sus mejillas.

-¿Por qué lloras?

-Porque lo amo, lo amo más que a nada, pero ese mismo amor me hace querer castigarlo. Ya ha pecado suficiente.

Tomé su mano. Nunca antes la había tocado, era cálida y suave, ligera como si estuviera hecha de plumas.

-Él se lo ha buscado- le dije –No llores, estás haciendo lo correcto. Tal vez a todos nos hace falta que nuestro ángel nos tatúe los pecados, nos recordarían que debemos ser buenos.

Sólo intentaba consolarla, en realidad me parecía que su idea era depente, pero era demasiado hermosa como para decirle eso. Me miró a los ojos y temí que pudiera leer mis pensamientos, pero su sonrisa me tranquilizó. Mientras ella seguía tatuando, miré su cuerpo. Aquel era un ángel, pero tan ingenuo, tan manipulable como cualquier mujer. Fue entonces cuando comencé a desearla como a cualquier mujer

El séptimo día, mi alumna prodigio, habiendo ya adquirido el conocimiento que quería, me dijo que jamás volveríamos a vernos. Me sentí entonces libre de llevar a cabo mis deseos. Comencé a tocarla y a besarla; ningún otro cuerpo había provocado antes en mí tanta lujuria. Ella accedió a todo lo que quise hacer con ella. Como cualquier otra mujer.

Aún no se lo he dicho a nadie porque no me creerían; les parecería más verídico pensar que, borracho o drogado, me llené yo mismo el cuerpo con los pecados que he cometido.

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